
ERRORES
“...las formas inferiores y sencillas persistirán mucho tiempo
si están bien adecuadas a sus condiciones sencillas de vida.”
Charles Darwin, El origen de las especies.
Es una actitud absurda pero está acostumbrada y por supuesto tampoco ahora va a decirle nada, no abrirá la boca para sugerirle que vaya más despacio, que respete a los demás conductores –no–, no piensa contradecirle porque conoce de sobra lo que pasará, menos aún cuando desde que salieron de Madrid ya están enfadados y hará por lo menos cuarto de hora que no se dirigen la palabra; mira, sin embargo, el paisaje, y nota cómo van apareciendo menos casas y más piedra y campo y lo que queda de frente es un tobogán gigante de cuatro carriles que les anuncia que se acercan a la sierra, coches por todos lados, azul oscuro amenazante en el cielo y velocidad que a ella le asusta y que él no reduce aunque ya haya empezado a caer agua y la lluvia dé miedo y limite considerablemente lo que pueden ver a su alrededor, “sólo es una nube”, “esto pasa enseguida”, opta finalmente por echar hacia atrás el asiento, indignada –haz lo que quieras–, sólo déjame en paz y en el fondo quizá es que ya no te quiero, todo en ti me molesta y ni siquiera soporto las cosas que algún día pudieron gustarme, impresionarme, seducirme, dejarme obnubilada, ¿temeridad? Estupideces. ¿Para qué?
¿Qué pretendes demostrar, Gonzalo?
–Que si tienes frío, subo la calefacción.
El misterio de su encanto son esos detalles capaces de dar la vuelta a una situación de forma inesperada, un giro que convierte una tormenta terrible en un día apacible y feliz gracias a un rayo de sol que nos toca cuando estamos calados hasta los huesos, un guiño de ojos cuando vamos a marchar y dar un portazo y no querer volver a verle nunca más –Gonzalo–, conjunto de excelencias que comienzan en su sonrisa y acaban en caricias tiernas y detalles que sólo soñaba Cristina y que un día se hicieron realidad y dijo “ya”, nunca más, no se puede pedir más a la vida y de ahora en adelante continuar para envejecer juntos y aunque suene inocente y ridículo así lo quiero yo, así lo quiere él, así será previsible, aburrido, perfecto; imposible de romper. Aunque no. No es tan fácil, no. La vida inmutable que imagina con dieciocho años para el futuro se asemeja a la que ha visto en casa pero con los detalles desconocidos de la intimidad –lo real imponiéndose violentamente–, sin validez entonces los esquemas ideados en sueños, en consejos de mamá, amiguitas, películas del cine y series de televisión, primero son los hechos y luego la capacidad de adaptación de los músculos de la conciencia, primero las malas caras o el déjame tranquilo y mucho después –con esfuerzo–, las dudas que lo ensucian todo, que se afanan en romper la idealización del hombre perfecto Gonzalo, el chico adorable que fíjate tú qué poco, ¿eh?, qué poco hace falta y en menos de lo esperado la chispa salta y el motor a mil por hora –o mejor–, del amor al odio y de ahí a tenerle lástima.
–Así está bien, gracias.
Él continúa por la izquierda dejando atrás coches que parecen inmóviles a su paso, torpes y lentos y ridículos al lado del poderío e instinto desatados al pisar el acelerador, al sujetar con más fuerza el volante y dejarse llevar por doscientos noventa y cinco caballos de potencia –estabilidad– y adherencia insuperables, volando impune a ras de tierra con una media sonrisa prepotente mientras mira mecánicamente por el retrovisor, los pensamientos dichos en alto pero en voz baja, el triunfo, esa sensación de poder y abandonarse a los instintos porque el mundo entero nos pertenece.
–Ya estamos llegando, despierta.
O peor.
Una vez que se calma, ella no deja de adorarle y de sentirse culpable y con razón; si fuera siempre así sería perfecto, si fuera siempre así no habría dudas ni consideraría otras opciones ni se arriesgaría a perderlo todo porque estaría feliz, se aguantaría la maldita curiosidad porque tendría con Gonzalo lo que desde siempre había aspirado a poseer –quizá alguien como su padre–, amor duro y difícil pero protección ante la vida y el destino amargo que le aguarda a cualquiera en cualquier parte. Un carácter fuerte al que acudir a refugiarse. Un empuje, un valor, una personalidad sin fisuras que admirar. Papá, juez; Gonzalo, sus negocios. Ella muchas dudas, nada claro, nada sin terminar. Quizá por eso sus mundos choquen, quizá ahí está el origen de esta crisis que puede que no sea más que pasajera y que acabe muriendo. Ojalá. Cristina dice "ya", Gonzalo dice "espera, podemos mejorarlo". ¿Seguro que era por aquí?
–Ya hemos llegado.
La urbanización está completamente a oscuras pero por encima de las montañas aún se aprecia claridad. Les reciben tímidas luces de farolas y los chalets ocultos tras muros interminables de piedra y vegetación, calles vacías, silencio de viento que mueve los árboles y que deja claro que allí quien manda es el invierno.
–Ahora la casa estará helada...
Y es que el hombre del tiempo ha dicho que nevará. Tu madre va a estar preocupada y yo también, no eres un dios aunque lleves un cochazo. El Porsche ha sido un regalo para que abandones la moto, para que no nos mates de un disgusto. Para que no te mates. La sierra es una trampa y cuando parece que hará un buen día siempre engaña, aparecen nubes y el asfalto se vuelve peligroso. Eres responsable, ya lo sé yo, pero me da miedo esa parte tuya de temeridad inconsciente.
El viejo y sus historias, piensa Gonzalo. ¿Qué no me dejas las llaves del chalet? Pues ya me buscaré otro sitio para el fin de semana. Pero el viejo Ferreras es un osito, el viejo Ferreras es tierno y maleable en la intimidad y nada puede negarle a Gonzalo, toma las llaves, ten cuidado, llama cuando llegues. De joven fue un cazador. De joven tenía el ansia de hacerse valer y demostrar al mundo de lo que era capaz. Otros tiempos. Ve a su hijo y le compadece; éste es un mundo muy cruel. A su edad sólo soñaba con la mitad de lo que le ha podido dar y sólo una mínima parte de lo que le dejará cuando muera; o quizás en breve, cuando se jubile. Pero nunca fue temerario –piensa–, el secreto está en que todos crean que te tiraste a ciegas a la piscina.
–Hace un frío que pela aquí dentro.
La casa es enorme y por eso costará hacerla entrar en calor. Ella apenas lo siente, tiene la cabeza en otras cosas. Gonzalo dice, “¿enciendo la chimenea?”, y se pone a buscar leña sin que Cristina le haya contestado. “Seguro que el viejo ha guardado algo en el sótano, espera”. Ella empieza a taparse con una manta y enseguida Gonzalo regresa cargando con troncos de madera y sonriendo triunfalmente, “el viejo es la leche, ¿eh? ¿no te parece? El viejo es la leche”.
De nuevo la culpabilidad, los sentimientos encontrados, los recuerdos y el estúpido acto reflejo de enternecerse con su rostro feliz, la necesidad de compartir sus estados de ánimo, sin apenas voluntad, ¿para qué engañarse, Cristina? Él sólo piensa en sí mismo, no eres peor por hacer un paréntesis en tu generosidad, en tu falta de voluntad, "¿te parece bien que durmamos aquí?", lejos queda entonces la discusión en el coche, su tozudez, quizá también –es posible–, cualquier cosa que él haga vaya a ser utilizada por Cristina en su contra; le ve esforzarse, intentar encender el fuego, ridículo, encantador, grotesco cuando la llama no salta y comienzan los improperios al aire, ¿de qué te ríes, tonta?, pudiera ser que las consecuencias de otros fracasos, su estado de ánimo, los cambios, ¡qué sabe ella!, el caso es que es tan fácil destruir que casi se siente más miedo por la fragilidad de las cosas que por las consecuencias reales de los actos, más terror al puedo hacerlo que al mira lo que haré, más pánico al qué me está ocurriendo que al qué me ocurrirá.
–¿Sigues enfadada conmigo?
Claro que no, tonto, ven aquí, y él se acerca y ella le besa –tan guapo–, le acaricia la cara y le mira a los ojos y le intenta confesar todo sin hablar, aunque él nada, por supuesto, él ni siquiera lo puede de imaginar.
–¿Te acuerdas de la primera vez que te traje aquí?
Como si fuera ayer, como si no hubieran pasado cinco años como cinco pesadas losas y los remordimientos no existieran porque tampoco existieran recuerdos, como si de pronto despiertas y te ves a ti misma yendo cuesta abajo convencida de que de ésta no sales y no hicieras nada por pararte por el mero hecho del subidón de adrenalina, de lo que excita ir cayendo –así mismo–, de esta manera tan estúpida, ciega y absurda, llena de contradicciones, convencida de que así es el amor y está allí pues allí mismo iré, tímidamente escuchándole, tímidamente riendo sus gracias, tímidamente diciéndole que sí, que vale, que salimos juntos y quedamos cuando quieras, perfecto –¿vienes a buscarme?–, y helados de vainilla cerca de su casa, y paseos por Pintor Rosales, y tumbados sobre el césped, buscando la sombra, susurrándose al oído, ¿aún no te ha dicho que te quiere? Pues mis padres tienen un chalet en la sierra...
–La primera vez llevábamos muy poquito tiempo juntos.
Miente a tus padres y dí que vas con amigas.
–Una tontería, la verdad, porque ya había tenido más novios.
Estupendo, ¿ves? Y cuantas menos complicaciones más tranquila y más llevadero se hace todo, reduciendo el mundo a tu tamaño te permites el lujo de poner tus propias reglas, sin exigir demasiado, sin pedir más que lo que ya tienes a cambio, y de regreso a Madrid en moto –aquellos tiempos–, agarradita a su cintura gritando como una loca –me pongo mala, créeme, me pongo mala–, y es cierto, también, que todo aquello que nos agrada nos hace sentir el paso del tiempo más corto.
–Tú no eras inocente, confiesa...
Pues claro que no, ¿por qué mentir? Gilipollas. Ahora todo tiene que ser así, sucio y desafortunado, ahora tiene que reprimir reproches que hubiera lanzado contra él como escupitajos de rabia, cállate la boca porque no te quiero, te desprecio, te he humillado anoche mismo, después de salir de tu casa, después de estar con tus padres, con tu hermana, después de haber pasado con vosotros aquella noche próxima a la Navidad, asqueada de vuestras miserias; he dado un paso que nunca creí haber podido dar y si no te has enterado es porque hay verdades que podrían destrozarte para siempre, nadie –ni tú mismo–, merece tanta sinceridad, conocer tanto de lo que te rodea –es mejor mantener oídos y ojos cerrados–, inmutables las apariencias, reír con Gonzalo muy fuerte, muy forzada, compartir con él champán en copas muy finas de la mamá de él utilizadas en contadísimas ocasiones, saborear los sandwiches y el resto del catering que ha recogido esta mañana temprano eligiendo sólo en base a los gustos de ella –sin incluir pescado, claro, porque ella lo detesta–, contemplar su peinado, su barba a medio crecer, la sonrisa perfecta, las manos tan cuidadas, esa piel que acaricia en un descuido, como las primeras veces –¿te sirvo más champán?–, su contorno, su olor de perfume intenso –caro–, la urgencia y cuidado en lo que dice cuando la desea, los halagos, el qué guapa estás –qué guapa–, su aliento, la humedad cálida de su lengua acariciando el cuello, la electricidad palpando senos, caderas, senos, caderas, senos, ciega, ciega, ciega, oírle, excitarse, “¿te gusta? ¿te está gustando?”, una y otra vez, una y otra vez, suplicando –quizá Gonzalo lo esté notando pero a ninguno de los dos en este momento les importa–, sí, sí, sí, y en ella es grito de dolor porque si siente algo es un pequeño escozor muy dentro de todo su ser que ahora es su vientre y cuando él la está besando más tranquilo –finalmente saciado–, ella respira de placer y es que, por fin –¿ya?–, su silencio es un descanso...
Y ahí fuera el viento ruge.
Y allí dentro, el calor, viene directo de la chimenea y las llamas acarician los cuerpos de ambos tendidos en el colchón, la mirada de Cristina puesta en el techo y los dedos de Gonzalo pasando por el cuerpo de ella como un trámite más del sexo entre ambos, una limosna que él otorga maquinalmente mientras su mente se pone a trabajar en lo siguiente –voy a ducharme, cariño–, y quedar ella sola igual que en sus pensamientos, palpitante su corazón y temblorosas sus piernas, ver a Gonzalo que le lanza un beso con la toalla al hombro –estúpido–, recordar al otro, recordar los atributos del otro, las ventajas del otro, verse allí tirada, su cuerpo rojo de excitación, ¿cuándo fue la última vez, Cristina?, pensar que llegado el caso sólo queda hacer una cosa, colocar sus manos ahí y gozar silenciosamente, notar cómo crujen los cristalitos que van rompiéndose como en una leve y deliciosa descarga eléctrica, lento y después más deprisa –cuando aquello ya se dirige sólo–, inconscientemente, ah –muy bajito–, ah, retorciéndose y palpando ese olor que es como si de verdad fuera, ah. Una solución como otra cualquiera. Ah. De fondo el rumor del agua en la ducha, la voz grave de Gonzalo tarareando ajeno a la tragedia, ah, entre sus dedos su propia flor, su propia margarita deshojándose con la idea de que sea él, él, me quiere o no me quiere –yo qué sé–, ¡aaaah!, tan lejos, tan equívocas las circunstancias, tan estúpida en ocasiones, ella, sí, Cristina, sí. Por fin.
Ahora siente que está con él, íntimamente. Se viste.
Siente ganas de fumar un cigarrillo. Recuerda que fuera hace muchísimo frío –dentro de casa, Gonzalo no la permite fumar–, así que revuelve entre sus ropas, busca en sus pantalones, su jersey, el abrigo, está punto de abrir la puerta hacia el jardín y oye un ruido, una melodía de teléfono móvil –breve pero inequívoca–, por un momento cree que es el suyo pero resulta ser una ilusión –hubiera sido tan bonito recibir el mensaje que ansía–, “debe ser el de Gonzalo”, piensa, va a ignorarlo pero rectifica –quizá la sorpresa sea mayor–, pudiera ser la excusa, la perfecta excusa para desatarlo todo, para iniciar el proceso –esa circunstancia que ahora no se da–, abrir la caja de los truenos, ¿una amante? Perfecto. Así que busca el móvil de su novio con impaciencia y cautela, revolviendo entre su ropa, resulta que vuelve a sonar y siente la vibración y lo toma entre sus manos –se asegura de que está sola, mira previamente en dirección al baño–; bien, llamada perdida como aviso de un mensaje. ¿Y qué si hay algo, Cristina? ¿Serás capaz, en ese caso, de acabar con todo de una vez?
“...las formas inferiores y sencillas persistirán mucho tiempo
si están bien adecuadas a sus condiciones sencillas de vida.”
Charles Darwin, El origen de las especies.
Es una actitud absurda pero está acostumbrada y por supuesto tampoco ahora va a decirle nada, no abrirá la boca para sugerirle que vaya más despacio, que respete a los demás conductores –no–, no piensa contradecirle porque conoce de sobra lo que pasará, menos aún cuando desde que salieron de Madrid ya están enfadados y hará por lo menos cuarto de hora que no se dirigen la palabra; mira, sin embargo, el paisaje, y nota cómo van apareciendo menos casas y más piedra y campo y lo que queda de frente es un tobogán gigante de cuatro carriles que les anuncia que se acercan a la sierra, coches por todos lados, azul oscuro amenazante en el cielo y velocidad que a ella le asusta y que él no reduce aunque ya haya empezado a caer agua y la lluvia dé miedo y limite considerablemente lo que pueden ver a su alrededor, “sólo es una nube”, “esto pasa enseguida”, opta finalmente por echar hacia atrás el asiento, indignada –haz lo que quieras–, sólo déjame en paz y en el fondo quizá es que ya no te quiero, todo en ti me molesta y ni siquiera soporto las cosas que algún día pudieron gustarme, impresionarme, seducirme, dejarme obnubilada, ¿temeridad? Estupideces. ¿Para qué?
¿Qué pretendes demostrar, Gonzalo?
–Que si tienes frío, subo la calefacción.
El misterio de su encanto son esos detalles capaces de dar la vuelta a una situación de forma inesperada, un giro que convierte una tormenta terrible en un día apacible y feliz gracias a un rayo de sol que nos toca cuando estamos calados hasta los huesos, un guiño de ojos cuando vamos a marchar y dar un portazo y no querer volver a verle nunca más –Gonzalo–, conjunto de excelencias que comienzan en su sonrisa y acaban en caricias tiernas y detalles que sólo soñaba Cristina y que un día se hicieron realidad y dijo “ya”, nunca más, no se puede pedir más a la vida y de ahora en adelante continuar para envejecer juntos y aunque suene inocente y ridículo así lo quiero yo, así lo quiere él, así será previsible, aburrido, perfecto; imposible de romper. Aunque no. No es tan fácil, no. La vida inmutable que imagina con dieciocho años para el futuro se asemeja a la que ha visto en casa pero con los detalles desconocidos de la intimidad –lo real imponiéndose violentamente–, sin validez entonces los esquemas ideados en sueños, en consejos de mamá, amiguitas, películas del cine y series de televisión, primero son los hechos y luego la capacidad de adaptación de los músculos de la conciencia, primero las malas caras o el déjame tranquilo y mucho después –con esfuerzo–, las dudas que lo ensucian todo, que se afanan en romper la idealización del hombre perfecto Gonzalo, el chico adorable que fíjate tú qué poco, ¿eh?, qué poco hace falta y en menos de lo esperado la chispa salta y el motor a mil por hora –o mejor–, del amor al odio y de ahí a tenerle lástima.
–Así está bien, gracias.
Él continúa por la izquierda dejando atrás coches que parecen inmóviles a su paso, torpes y lentos y ridículos al lado del poderío e instinto desatados al pisar el acelerador, al sujetar con más fuerza el volante y dejarse llevar por doscientos noventa y cinco caballos de potencia –estabilidad– y adherencia insuperables, volando impune a ras de tierra con una media sonrisa prepotente mientras mira mecánicamente por el retrovisor, los pensamientos dichos en alto pero en voz baja, el triunfo, esa sensación de poder y abandonarse a los instintos porque el mundo entero nos pertenece.
–Ya estamos llegando, despierta.
O peor.
Una vez que se calma, ella no deja de adorarle y de sentirse culpable y con razón; si fuera siempre así sería perfecto, si fuera siempre así no habría dudas ni consideraría otras opciones ni se arriesgaría a perderlo todo porque estaría feliz, se aguantaría la maldita curiosidad porque tendría con Gonzalo lo que desde siempre había aspirado a poseer –quizá alguien como su padre–, amor duro y difícil pero protección ante la vida y el destino amargo que le aguarda a cualquiera en cualquier parte. Un carácter fuerte al que acudir a refugiarse. Un empuje, un valor, una personalidad sin fisuras que admirar. Papá, juez; Gonzalo, sus negocios. Ella muchas dudas, nada claro, nada sin terminar. Quizá por eso sus mundos choquen, quizá ahí está el origen de esta crisis que puede que no sea más que pasajera y que acabe muriendo. Ojalá. Cristina dice "ya", Gonzalo dice "espera, podemos mejorarlo". ¿Seguro que era por aquí?
–Ya hemos llegado.
La urbanización está completamente a oscuras pero por encima de las montañas aún se aprecia claridad. Les reciben tímidas luces de farolas y los chalets ocultos tras muros interminables de piedra y vegetación, calles vacías, silencio de viento que mueve los árboles y que deja claro que allí quien manda es el invierno.
–Ahora la casa estará helada...
Y es que el hombre del tiempo ha dicho que nevará. Tu madre va a estar preocupada y yo también, no eres un dios aunque lleves un cochazo. El Porsche ha sido un regalo para que abandones la moto, para que no nos mates de un disgusto. Para que no te mates. La sierra es una trampa y cuando parece que hará un buen día siempre engaña, aparecen nubes y el asfalto se vuelve peligroso. Eres responsable, ya lo sé yo, pero me da miedo esa parte tuya de temeridad inconsciente.
El viejo y sus historias, piensa Gonzalo. ¿Qué no me dejas las llaves del chalet? Pues ya me buscaré otro sitio para el fin de semana. Pero el viejo Ferreras es un osito, el viejo Ferreras es tierno y maleable en la intimidad y nada puede negarle a Gonzalo, toma las llaves, ten cuidado, llama cuando llegues. De joven fue un cazador. De joven tenía el ansia de hacerse valer y demostrar al mundo de lo que era capaz. Otros tiempos. Ve a su hijo y le compadece; éste es un mundo muy cruel. A su edad sólo soñaba con la mitad de lo que le ha podido dar y sólo una mínima parte de lo que le dejará cuando muera; o quizás en breve, cuando se jubile. Pero nunca fue temerario –piensa–, el secreto está en que todos crean que te tiraste a ciegas a la piscina.
–Hace un frío que pela aquí dentro.
La casa es enorme y por eso costará hacerla entrar en calor. Ella apenas lo siente, tiene la cabeza en otras cosas. Gonzalo dice, “¿enciendo la chimenea?”, y se pone a buscar leña sin que Cristina le haya contestado. “Seguro que el viejo ha guardado algo en el sótano, espera”. Ella empieza a taparse con una manta y enseguida Gonzalo regresa cargando con troncos de madera y sonriendo triunfalmente, “el viejo es la leche, ¿eh? ¿no te parece? El viejo es la leche”.
De nuevo la culpabilidad, los sentimientos encontrados, los recuerdos y el estúpido acto reflejo de enternecerse con su rostro feliz, la necesidad de compartir sus estados de ánimo, sin apenas voluntad, ¿para qué engañarse, Cristina? Él sólo piensa en sí mismo, no eres peor por hacer un paréntesis en tu generosidad, en tu falta de voluntad, "¿te parece bien que durmamos aquí?", lejos queda entonces la discusión en el coche, su tozudez, quizá también –es posible–, cualquier cosa que él haga vaya a ser utilizada por Cristina en su contra; le ve esforzarse, intentar encender el fuego, ridículo, encantador, grotesco cuando la llama no salta y comienzan los improperios al aire, ¿de qué te ríes, tonta?, pudiera ser que las consecuencias de otros fracasos, su estado de ánimo, los cambios, ¡qué sabe ella!, el caso es que es tan fácil destruir que casi se siente más miedo por la fragilidad de las cosas que por las consecuencias reales de los actos, más terror al puedo hacerlo que al mira lo que haré, más pánico al qué me está ocurriendo que al qué me ocurrirá.
–¿Sigues enfadada conmigo?
Claro que no, tonto, ven aquí, y él se acerca y ella le besa –tan guapo–, le acaricia la cara y le mira a los ojos y le intenta confesar todo sin hablar, aunque él nada, por supuesto, él ni siquiera lo puede de imaginar.
–¿Te acuerdas de la primera vez que te traje aquí?
Como si fuera ayer, como si no hubieran pasado cinco años como cinco pesadas losas y los remordimientos no existieran porque tampoco existieran recuerdos, como si de pronto despiertas y te ves a ti misma yendo cuesta abajo convencida de que de ésta no sales y no hicieras nada por pararte por el mero hecho del subidón de adrenalina, de lo que excita ir cayendo –así mismo–, de esta manera tan estúpida, ciega y absurda, llena de contradicciones, convencida de que así es el amor y está allí pues allí mismo iré, tímidamente escuchándole, tímidamente riendo sus gracias, tímidamente diciéndole que sí, que vale, que salimos juntos y quedamos cuando quieras, perfecto –¿vienes a buscarme?–, y helados de vainilla cerca de su casa, y paseos por Pintor Rosales, y tumbados sobre el césped, buscando la sombra, susurrándose al oído, ¿aún no te ha dicho que te quiere? Pues mis padres tienen un chalet en la sierra...
–La primera vez llevábamos muy poquito tiempo juntos.
Miente a tus padres y dí que vas con amigas.
–Una tontería, la verdad, porque ya había tenido más novios.
Estupendo, ¿ves? Y cuantas menos complicaciones más tranquila y más llevadero se hace todo, reduciendo el mundo a tu tamaño te permites el lujo de poner tus propias reglas, sin exigir demasiado, sin pedir más que lo que ya tienes a cambio, y de regreso a Madrid en moto –aquellos tiempos–, agarradita a su cintura gritando como una loca –me pongo mala, créeme, me pongo mala–, y es cierto, también, que todo aquello que nos agrada nos hace sentir el paso del tiempo más corto.
–Tú no eras inocente, confiesa...
Pues claro que no, ¿por qué mentir? Gilipollas. Ahora todo tiene que ser así, sucio y desafortunado, ahora tiene que reprimir reproches que hubiera lanzado contra él como escupitajos de rabia, cállate la boca porque no te quiero, te desprecio, te he humillado anoche mismo, después de salir de tu casa, después de estar con tus padres, con tu hermana, después de haber pasado con vosotros aquella noche próxima a la Navidad, asqueada de vuestras miserias; he dado un paso que nunca creí haber podido dar y si no te has enterado es porque hay verdades que podrían destrozarte para siempre, nadie –ni tú mismo–, merece tanta sinceridad, conocer tanto de lo que te rodea –es mejor mantener oídos y ojos cerrados–, inmutables las apariencias, reír con Gonzalo muy fuerte, muy forzada, compartir con él champán en copas muy finas de la mamá de él utilizadas en contadísimas ocasiones, saborear los sandwiches y el resto del catering que ha recogido esta mañana temprano eligiendo sólo en base a los gustos de ella –sin incluir pescado, claro, porque ella lo detesta–, contemplar su peinado, su barba a medio crecer, la sonrisa perfecta, las manos tan cuidadas, esa piel que acaricia en un descuido, como las primeras veces –¿te sirvo más champán?–, su contorno, su olor de perfume intenso –caro–, la urgencia y cuidado en lo que dice cuando la desea, los halagos, el qué guapa estás –qué guapa–, su aliento, la humedad cálida de su lengua acariciando el cuello, la electricidad palpando senos, caderas, senos, caderas, senos, ciega, ciega, ciega, oírle, excitarse, “¿te gusta? ¿te está gustando?”, una y otra vez, una y otra vez, suplicando –quizá Gonzalo lo esté notando pero a ninguno de los dos en este momento les importa–, sí, sí, sí, y en ella es grito de dolor porque si siente algo es un pequeño escozor muy dentro de todo su ser que ahora es su vientre y cuando él la está besando más tranquilo –finalmente saciado–, ella respira de placer y es que, por fin –¿ya?–, su silencio es un descanso...
Y ahí fuera el viento ruge.
Y allí dentro, el calor, viene directo de la chimenea y las llamas acarician los cuerpos de ambos tendidos en el colchón, la mirada de Cristina puesta en el techo y los dedos de Gonzalo pasando por el cuerpo de ella como un trámite más del sexo entre ambos, una limosna que él otorga maquinalmente mientras su mente se pone a trabajar en lo siguiente –voy a ducharme, cariño–, y quedar ella sola igual que en sus pensamientos, palpitante su corazón y temblorosas sus piernas, ver a Gonzalo que le lanza un beso con la toalla al hombro –estúpido–, recordar al otro, recordar los atributos del otro, las ventajas del otro, verse allí tirada, su cuerpo rojo de excitación, ¿cuándo fue la última vez, Cristina?, pensar que llegado el caso sólo queda hacer una cosa, colocar sus manos ahí y gozar silenciosamente, notar cómo crujen los cristalitos que van rompiéndose como en una leve y deliciosa descarga eléctrica, lento y después más deprisa –cuando aquello ya se dirige sólo–, inconscientemente, ah –muy bajito–, ah, retorciéndose y palpando ese olor que es como si de verdad fuera, ah. Una solución como otra cualquiera. Ah. De fondo el rumor del agua en la ducha, la voz grave de Gonzalo tarareando ajeno a la tragedia, ah, entre sus dedos su propia flor, su propia margarita deshojándose con la idea de que sea él, él, me quiere o no me quiere –yo qué sé–, ¡aaaah!, tan lejos, tan equívocas las circunstancias, tan estúpida en ocasiones, ella, sí, Cristina, sí. Por fin.
Ahora siente que está con él, íntimamente. Se viste.
Siente ganas de fumar un cigarrillo. Recuerda que fuera hace muchísimo frío –dentro de casa, Gonzalo no la permite fumar–, así que revuelve entre sus ropas, busca en sus pantalones, su jersey, el abrigo, está punto de abrir la puerta hacia el jardín y oye un ruido, una melodía de teléfono móvil –breve pero inequívoca–, por un momento cree que es el suyo pero resulta ser una ilusión –hubiera sido tan bonito recibir el mensaje que ansía–, “debe ser el de Gonzalo”, piensa, va a ignorarlo pero rectifica –quizá la sorpresa sea mayor–, pudiera ser la excusa, la perfecta excusa para desatarlo todo, para iniciar el proceso –esa circunstancia que ahora no se da–, abrir la caja de los truenos, ¿una amante? Perfecto. Así que busca el móvil de su novio con impaciencia y cautela, revolviendo entre su ropa, resulta que vuelve a sonar y siente la vibración y lo toma entre sus manos –se asegura de que está sola, mira previamente en dirección al baño–; bien, llamada perdida como aviso de un mensaje. ¿Y qué si hay algo, Cristina? ¿Serás capaz, en ese caso, de acabar con todo de una vez?








